CONCURSO LITERARIO

GANADORA DEL SEGUNDO LUGAR

EL HOMBRE QUE CONSTRUIA BARCOS

            Corría el año de gracia 1967, como diría el poeta, cuando el deambular de la Carrera Judicial me llevó a servir el cargo de Juez Letrado en la lejana y abandonada localidad de Piragua, al Norte de Iquique.

            Era una caleta lindísima, equidistante de Arica e Iquique, con un clima maravilloso, un aire diáfano y unas aguas tibias y transparentes donde abundaban la pesca y la extracción de mariscos.

            Había un puerto de alcurnia, con cinco muelles para el despacho de todas las naves que llevaban salitre a otros mundos, pero ahora era un puerto abandonado, con cien habitantes, la mayoría empleados públicos, y sus familias, algunos pescadores artesanales y la población penal que alojaba en una moderna cárcel-presidio en cuyos altos estaban las habitaciones del Juez y del Alcaide.

            La población penal solo estaba constituida por una veintena de presos, la mayoría condenados y unos pocos procesados que esperaban sentencia.

            Casi todos los reos estaban autorizados para salir  a mariscar y a pescar, labores que desempeñaban libremente, pues por lo abrupto del terreno y la pendiente que separaba el pueblo de la carretera, era imposible intentar una fuga, sin ser descubiertos.

            Entre los reos rematados, había un muchacho rubio, delgaducho, con cara de inocente, que sistemáticamente se negaba a salir del penal para pescar y prefería instalarse en la plaza, frente al viejo muelle derruido para trabajar en la única artesanía que le gustaba practicar, la construcción de barcos a vela. Los que vendía a las personas adineradas del lugar.

            Una vez le pregunte la razón de esta vocación náutica y me contesto que el era oriundo de Arica, donde había nacido en el seno de una familia de pescadores.

Estaba condenado por el delito de extracción o hurto de huano en las covaderas que circundaban toda la región.  Había venido en un barco a extraer el codiciado abono con una docena de compañeros cuando los sorprendieron las autoridades marítimas, y el, para no comprometer a sus compañeros en el delito, asumió la calidad de jefe de la patrulla y solo afrontó las consecuencias. Llevaba varios años en prisión y estaba esperando su indulto, ya que había cumplido mas de la mitad de su sentencia. Regresare en barco a mi querida ciudad de Arica, me dijo, pues fue en barco cuando ella me vio partir y mientras ello sucede construyo barcos y navego en ellos  con la imaginación.

            Me conmovió la delicadeza de sentimientos que afloraba en ese hombre rudo y privado de libertad, pero pronto lo olvide, hasta que los acontecimientos que sobrevinieron a la celebración de la Toma de Piragua, en una noche estrellada me hicieron recordar las palabras del hacedor de barcos.

            Todo el pueblo participo en la  celebración de la gesta heroica de la Guerra del Pacifico. Vinieron autoridades de Iquique y de la pequeña ciudad de Embanderó, los reos fueron autorizados para salir a horas extraordinarias, pero debían recogerse al caer la noche. Todos cumplieron con la obligación, menos el reo que construía barcos y que sabia que su indulto había sido aprobado por las Autoridades de Santiago y que solo faltaba la transcripción del respectivo decreto para quedar libre. Por supuesto que fue conminado a la fuerza para entrar en su celda y en la negrura de la noche , su situación de hombre preso, privado de libertad y sujeto a la voluntad de sus vigilantes, agregado quizás a unos picaros grados de alcohol ingeridos en la fiesta popular, desencadenaron la tragedia, una hoja gillette le bastó para cercenarse las venas de ambas manos y desangrarse. Cuando al amanecer fui alertada por el Alcaide del suicidio del reo y tuve que constituirme en el Penal para instruir al correspondiente sumario, me encontré con una sorpresa insospechada: sobre la ventana de la celda, estaba colocado el ultimo barco construido por el suicida y sobre el un rustico papel escrito, rezaba la siguiente leyenda: “ Para su Señoría, quien tuvo la amabilidad de conversar conmigo y que están preso como yo en esta abandonada ciudad”.

            Cogí el obsequio y todavía lo conservo, impresionada por la sensibilidad del reo y porque, en realidad, yo, a pesar de mi calidad de Juez, también era prisionera de mi cargo en la abandonada caleta y hasta ese momento, yo no lo había considerado así.

El funeral del reo fue triste y solitario. Lo velaron en el patio de la cárcel donde había sido su hogar durante tantos años.

            Solamente lo acompañaron sus amigos reos, y su vigilante. Ninguna  flor, ningún responso o ceremonia religiosa.

            Entre susurros se hablaba  que su esposa, lo había abandonado en el puerto de Arica sin destino conocido, y alguien había dicho que se fue con un peruano a Lima.

            Desde la ventana semi abierta de mi despacho,  de juez del crimen, pude ver la triste caravana que enfilaba la marcha hacia la playa Blanca, al cementerio del puerto.

            Cerré los ojos, y elevé una oración por el suicida.

 

 

                                                                                                                      Bessie King.